Le encantaba la sensación de libertad que le producía disponerse a viajar sola y decidir día a día a qué lugar quería ir. No estaba acostumbrada a actuar con tanta espontaneidad y hacer lo que deseaba. Aquella oportunidad parecía un verdadero regalo.

– No te olvides de decirme lo que haces -le insistió Stevie-. Me preocupo por ti.

Aunque sus hijos la querían, a veces no mostraban tanto interés. En ocasiones, Stevie se mostraba casi maternal hacia ella. Conocía el aspecto vulnerable de Carole que otros no veían, el aspecto frágil, el que dolía. Ante los demás, Carole se mostraba tranquila y fuerte, aunque en el fondo no siempre se sintiera así.

– Te mandaré un correo electrónico cuando llegue al Ritz. No te preocupes si después no tienes noticias mías. Si voy a Praga, a Viena o a cualquier otra parte, seguramente dejaré el ordenador en París. No quiero tener que contestar un montón de correos mientras estoy fuera. A veces es divertido escribir en blocs normales. Puede que el cambio me vaya bien. Llamaré si necesito ayuda.

– Más te vale. Que te diviertas -dijo Stevie mientras la abrazaba.

– Cuídate y disfruta del descanso -dijo Carole sonriendo mientras un mozo de equipaje cogía su maleta y la registraba.

Carole viajaba en primera clase. El hombre reaccionó un instante después de mirarla y sonrió al reconocerla.

– Vaya… Hola, señora Barber. ¿Cómo está?

El empleado se sentía entusiasmado de ver a la estrella cara a cara.

– Muy bien, gracias -respondió ella, devolviéndole la sonrisa.

Sus grandes ojos verdes iluminaban su rostro.

– ¿Se va a París? -preguntó él, deslumbrado. Estaba tan guapa como en la pantalla, y parecía simpática, cálida y real.

– Sí, voy a París.

El simple hecho de decirlo hizo que se sintiera bien, como si París la estuviese esperando.



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