– ¿Lo de caerme en al arroyo?

– Sí. Te puse el ejercicio más fácil y fracasaste. Ahora vamos a intentar justo lo opuesto, el ejercicio más difícil. Y no vas a fallar.

– Cash, estoy sudando y me duele el estómago. La cosa es…

Lexie no terminó la frase. Dejó de hablar cuando Cash empezó a colocarle un arnés. No había nada sugerente en ponerle un casco en la cabeza, pero el arnés era mucho más íntimo. Tenía que ponérselo en las piernas y ajustado en las caderas y la cintura.

Cash lo había hecho con decenas de mujeres, era parte de su trabajo. Lo hacía para asegurarse de que a sus clientes no les pasaba nada. Pero nunca antes había pensado en muslos y culetes. Nunca se había fijado en eso. Nunca se había percatado de que su mano rozaba la pelvis de nadie. Ni se había fijado en cómo tenía que ajustar el arnés en el trasero de una chica, por muy guapa que fuera.

– Escalar es una cuestión de confianza en uno mismo. Hay muchas formas de hacerlo, Lexie. Lo que vamos a hacer se llama «escalada libre» -explicó, aclarándose la garganta. Lexie no respondió. Y, cuando miró hacia abajo, le pareció ver que la bragueta de los vaqueros de Cash se echaba hacia adelante, como si alguien hubiera metido una piedra larga y dura dentro de sus pantalones. Pero era una respuesta fisiológica normal. Un hombre no podía evitar esas cosas-. Voy a estar pegado a ti todo el tiempo. Tienes miedo de caerte, ¿verdad?

– Sí -murmuró Lexie.

– Pues vamos a subir y después vas a dejarte caer para perder el miedo. Pero no va a pasarte nada, te lo prometo. Nunca dejaría que te pasara nada. Cuando caigas, yo estaré aquí, esperándote.

Sin saber cómo, todo lo que decía sonaba como si estuviera hablando de amor, pensó Cash, aturdido.



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