
– ¡Qué locura! -dijo al rociar la cara de David con una última salva de gotas heladas. No hablaba en serio. Si su hermano menor no hubiera ido a visitarlo desde la base de la 8a División de la Fuerza Aérea en Deenethorpe, el día invernal habría pasado como cualquier otro en Oxford: un monótono noticiario cinematográfico de catorce horas visto a través de las ventanas empañadas del laboratorio. Lluvia, aguanieve y otra vez lluvia que caía sobre los patios adoquinados de los colegios, envolvía la Bodleian Library en un sudario gris y convertía a los perezosos Cherwell y Támesis en torrentes.
– Qué vida -murmuró David-. Es tal como los imaginamos cuando salimos en misión de vuelo. Ustedes los intelectuales se dan la gran vida, bogando alegremente por este río de mierda mientras nosotros nos jugamos la vida. Se supone que deberían estar aportando su materia gris para ganar la guerra.
– Quieres decir, chalaneando por este río de mierda.
David abrió un ojo y bufó con desdén.
– Cada vez que te veo hablas más como un inglés. Si llamaras a mamá por teléfono no te reconocería.
Mark contempló la cara de su hermano menor. Estaba feliz de verlo, y no sólo porque le permitía escapar del laboratorio durante una tarde. Necesitaba el contacto humano. En ese lugar donde reinaba la camaradería, se había convertido prácticamente en un paria. Últimamente tenía que reprimir el impulso de hablar con la primera cara simpática que se le cruzara en un autobús. Pero al mirar a su hermano -un capitán de la Fuerza Aérea que realizaba peligrosas incursiones sobre Alemania casi todos los días- se preguntó si era correcto sumar sus presiones a las que ya agobiaban los hombros de David.
