
– Ya estoy harto -dijo. Después de doblar el recodo del colegio St. Hilda apuntó la chalana hacia un terraplén abrupto cerca del prado de Christ Church. El golpe de la proa contra la orilla casi lanzó a David del bote, pero cayó de pie con la elegancia natural del atleta.
– ¡Bebamos una cerveza! -propuso David-. ¿Ustedes, las ratas de biblioteca, no beben? Además, ¿de quién fue esta idea idiota?
Mark rió con ganas al bajar de la chalana.
– La verdad es que si de beber se trata, conozco a unos cuantos mozos que aceptarían un desafío con mucho gusto.
– ¿Mozos? -dijo David, atónito-. ¿Te oí decir mozos, Mac? Tienes que volver a Estados Unidos, viejo. A Georgia. Hablas como el Gran Gatsby.
– Y tú como Tom Buchanan.
David gimió.
– Será mejor que empecemos directamente con el whisky. Un par de tragos de bourbon de Kentucky te quitarán el acento inglés.
– Pues no lo conseguirás en Oxford, muchacho.
– Por eso traigo una botella en mi bolso -declaró David con una sonrisa maliciosa-. Me costó treinta dólares en el mercado negro, pero no tomaría esa porquería inglesa aunque me muriera de sed.
Cruzaron el prado de Christ Church casi sin hablar. David bebió varios tragos de la botella que llevaba en su bolso. Mark se negó a acompañarlo. Quería mantener la cabeza despejada para hablar de su dilema. Hubiera querido que David también la tuviera así, pero no había nada que hacer.
Cuando caminaban juntos, las diferencias entre los hermanos eran más evidentes.
