Mark echó una mirada furtiva alrededor. El murmullo de voces que llenaba el recinto parecía suficiente para tapar una conversación en voz baja. Se inclinó sobre la mesa.

– Un arma secreta, David. No es broma. Como en las películas. ¡Qué joder, es una pesadilla!

– Un arma secreta.

– Exactamente. Y nada la contendría. Mataría indiscriminadamente a hombres, mujeres, niños, perros… sin distinción. Morirían a miles.

– Y los ingleses quieren que dirijas el proyecto.

– Así es.

La boca de David se abrió en una sonrisa atónita.

– Parece que se equivocaron de tipo.

– Ellos creen que soy el tipo justo.

– ¿Qué clase de arma? No creo que pueda haber nada más destructivo ni menos indiscriminado que una incursión con mil bombarderos.

Mark echó una mirada lenta alrededor.

– Esta sí que lo es. No es una bomba, ni siquiera una de esas superbombas de las que se habla últimamente. Es… es parecido a lo que hirió a papá.

David se crispó y la mirada cínica desapareció de su cara.

– ¿Te refieres al gas! ¿El gas venenoso?

Mark asintió.

– Qué joder, nadie ha usado gas en esta guerra. Los nazis todavía recuerdan las trincheras de la primera. Hay tratados que lo prohíben, ¿no?

– El Protocolo de Ginebra. ¿A quién le importa? Estados Unidos no lo firmó.

– ¡Cristo! ¿Qué clase de gas? ¿Mostaza?

La risa de Mark tenía un matiz casi histérico.



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