– Menuda juerga nos espera – exclamó Heide, alegre.

– Heil, Sieg!

Eran los reclutas que saludaban con estas palabras el discurso de adiós del teniente de transportes.

Sin más formalidades, el teniente Ohlsen se hizo cargo de los reclutas. El teniente desconocido desapareció con su «Volkswagen» anfibio.

Los reservistas rompieron filas y formaron pequeños grupos, bajo los árboles. Echaron su equipo al suelo y se tendieron sobre la hierba mojada. Se mantenían a distancia de nosotros, los veteranos. Les intimidábamos.

El Oberfeldwebel Huhn avanzó hacia nosotros, muy seguro de sí mismo. Al pasar por nuestro lado rozó la olla del legionario, y unas gotitas cayeron al suelo. El suboficial fingió no advertirlo, y prosiguió su camino. Sus botas nuevas crujían y nos enviaban su olor a almacén.

El legionario apretó los labios y miró al Oberfeldwebel con ojos malévolos; después, hizo a Hermanito el signo convenido: el pulgar hacia el suelo.

Hermanito lanzó un resoplido y se ajustó el correaje. Tenía el salchichón de cordero, en una mano; en la otra, un bote hojalata lleno de brebaje. La tela mojada colgaba de su cintura cuando empezó a seguir tranquilamente al Oberfeldwebel Huhn.

– ¡Eh, buen hombre! -gritó de repente-, has derramado el jugo del caballero.

Huhn se detuvo en seco, como alcanzado por un rayo, y se volvió vivamente.

– ¡Por todos los diablos! ¿Qué mosca le ha picado? ¿No sabe cómo hay que dirigirse a un superior?

– Claro que lo sé -contestó Hermanito, impasible-. Pero ahora no se trata de eso. Has derramado el jugo del caballero. Esto no se hace.

El Oberfeldwebel se ajustó la gorra, y estalló:

– ¿Es que se ha vuelto loco? Utilice un poco el cerebro, y observe el HDV

– Anda y que te ondulen – le interrumpió Hermanito -. Ahora hablamos del jugo. Después nos ocuparemos de tu problema.



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