Huhn entornó los ojos y avanzó un paso hacia Hermanito. Apoyaba una mano en la pistolera.

– Bueno, ya basta. ¿Cómo te llamas, cerdo? Ya sabré meteros en cintura. Podéis estar seguros. Tengo los medios para hacerlo.

Sacó papel y lápiz.

A Hermanito le importaba un comino.

– Tú no estás bueno, Oberfeld. Tienes más motivos para temerme que yo a ti. Ahora, estás en el frente, en una Compañía de asalto sin la gallina

Sabe Dios lo que hubiera ocurrido si el teniente Ohlsen no hubiera intervenido. Llamó a Huhn y, al mismo tiempo, se volvió hacia Hermanito.

– Cállese, Creutzfeld, si no quiere ir al calabozo. ¿Entendido?

– Bien, mi teniente -contestó Hermanito, casi cuadrándose ante el otro.

Entrechocó los tacones y avanzó hacia nosotros arrastrando los pies.

– Le hincharé los morros a ese tipo -se prometió, al mismo tiempo que se sentaba.

– Ya os he dicho que nos divertiríamos -con él -dijo Heide, meneando la cabeza-. Es un crápula. Ya veréis. No ha terminado de darnos la lata.

– Podríamos atarle una granada en el trasero -propuso Porta.

– Dejaos de tonterías -dijo el Viejo-. Un día os pescarán si seguís liquidando a vuestros superiores.

– Sacre nom de Dteu, esto empieza a hervir -declaró el pequeño legionario, mientras atornillaba la tapadera-. Pásame el tubo de caucho. Empezará a manar.

Contemplábamos con recogimiento el alambique, en cuyo interior los vapores se transformaban en líquido.

Todos se habían agrupado a nuestro alrededor. Con la mirada fija, Hermanito rociaba el alambique improvisado con el agua obtenida mediante un sistema de irrigación.



16 из 344