– El gringo viejo se murió en México. Nomás porque cruzó la frontera. ¿No era ésa razón de sobra? -dijo el coronel Frutos García.

– ¿Recuerdan cómo se ponía si se cortaba la cara al rasurarse? -dijo Inocencio Mansalvo con sus angostos ojos verdes.

– O el miedo que le tenía a los perros rabiosos -añadió el coronel.

– No, no es cierto, era valiente -dijo el niño Pedro.

– Pues para mí que era un santo -se rió la Garduña.

– No, simplemente quería ser recordado siempre como fue -dijo Harriet Winslow.

– Cuidadito, cuidadito.

– Mucho más tarde, todos nos fuimos enterando a pedacitos de su vida y entendimos por qué vino a México el gringo viejo. Tenía razón, supongo. Desde que llegó dio a entender que se sentía fatigado; las cosas ya no marchaban como antes, y nosotros lo respetábamos porque aquí nunca pareció cansado y se mostró tan valiente como el que más. Tienes razón, muchacho. Demasiado valiente para su propio bien.

– Cuidadito.

Las palas pegaron contra la madera y los soldados se detuvieron un instante, limpiándose el sudor de las frentes.

Bromeaba el gringo viejo: "Quiero ir a ver si esos mexicanos saben disparar derecho. Mi trabajo ha terminado y yo también. Me gusta el juego, me gusta la pelea, quiero verla."

– Claro, tenia ojos de despedida.

– No tenía familia.

– Se había retirado y andaba recorriendo los lugares de su juventud, California donde trabajó de periodista, el sur de los Estados Unidos donde peleó durante la guerra civil, Nueva Orleáns donde le gustaba beber y mujerear y sentirse el mero diablo.

– Ah, qué mi coronel tan sabedor.

– Cuidadito con el coronel; parece que ya se le subieron y nomás está oyendo.



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