
Sacó un puro a medio fumar del bolsillo de la sucia camisa, se lo metió en un espacio entre la barba y el bigote y dedicó los minutos siguientes, mientras hablábamos, a palparse buscando el mechero.
– Mendy, ella es la señorita Marrero. Vendrá en el barco conmigo. Le dije que no era más que una vieja barca de pesca, pero ella y su maleta parecen hacerse ilusiones de que vamos a navegar en el Queen Mary.
La mirada de Mendy se movió entre Melba y yo como si estuviera presenciando un partido de tenis de mesa. Después le dedicó una sonrisa y dijo:
– Pero ella tiene toda la razón, señor Hausner. La primera regla cuando se sale al mar es estar preparado para absolutamente nada.
– Gracias -dijo Melba-. Es lo que le dije.
Mendy me miró y sacudió la cabeza.
– Está claro que usted no entiende nada de mujeres, señor.
– Casi tanto como de barcos.
Mendy se rió.
– Por su bien, espero que sea algo más que eso.
Nos precedió fuera del taller y bajamos hasta el pontón en forma de ele donde estaba amarrada una lancha de madera. Subimos a bordo y nos sentamos. Mendy puso el motor en marcha y nos condujo hacia la bahía. Cinco minutos más tarde estábamos amarrados junto a un barco de pesca de doce metros de eslora.
La Guajaba era angosta, con una popa ancha, un puente y tres compartimientos. Tenía dos motores Chrysler, cada uno de noventa caballos, que le permitían alcanzar una velocidad de unos nueve nudos. Eso era más o menos todo lo que sabía de la barca, salvo dónde guardaba el brandy y las copas. Se las había ganado en una partida de backgammon a un americano que era propietario del bar Bimini, en la calle Obispo. Con el depósito de combustible lleno, La Guajaba podía navegar unas quinientas millas, y había menos de la mitad de esa distancia hasta Port-au-Prince. Había utilizado el barco unas tres veces en el mismo número de años, y con lo que ignoraba sobre embarcaciones podría llenar varios almanaques náuticos, probablemente todos.
