Esto lo indicaba su estilo descuidado, impropio de él, y las muchas veces que repetía el ruego de que viniese. E incluso no era corriente la escritura desigual, apresurada. Esto era incompatible con el carácter siempre moderado y tranquilo de las palabras y gestos del astrónomo. Y además ¿para qué escribir cuando todo se puede decir con más rapidez y sencillez por el radiófono?


¿De qué objeto se trataba? Murátov no podía recordar que su amigo le hubiera hablado de algo parecido.


Claro está que se trataba de un descubrimiento astronómico. «El espacio», «El Sistema solar» eran cosas suficientemente conocidas. Pero Serguéi sabía perfectamente que a él, a Murátov, nunca le interesaron los cuerpos estelares y que conocía la astronomía sólo por lo que se enseña en la escuela. ¿Qué ayuda quería recibir?


Lo más sencillo sería llamar por el radiófono al observatorio donde trabajaba Sinitsin.


Pero Murátov no podía aguantar que cualquier enigma que se le planteara, aunque fuera el más sencillo, no lo resolviera él mismo.


Y esto sucedía ahora. La carta no estaba clara. Serguéi pedía que fuera a verle pero no decía para qué. Entonces había que averiguarlo.


Murátov examinó minuciosamente cada palabra.


«Aunque una persona escriba de la forma más descuidada y apresurada — pensó Murátov —, deberá reflejar en su escritura las ideas que le dominan».


¡»Algo raro»! He aquí la clave para la comprensión. Serguéi ha conseguido (así lo escribe) descubrir algo nuevo en el Sistema solar. El hecho de por sí es maravilloso, ya que el Sistema solar está investigado de cabo a rabo. Pero el «objeto» descubierto por él tiene algo «raro». Serguéi no comprende las causas. Esto lo indican sus palabras: «pensaremos juntos».


Sigamos adelante...



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