
Los pasajeros del vechebús sabían quién era esta segunda muchacha. Lo mismo que a Guianeya todos la conocían y sabían su nombre y apellido.
Ellas hablaban entre sí en voz baja en un idioma bello y sonoro. Era conocido de todos que Guianeya poseía un oído extraordinariamente agudo, incomparable con el de las personas de la Tierra.
Y no sólo era el oído. Todos los órganos de los sentidos estaban mucho más desarrollados en la forastera del otro mundo. Veía lo que el hombre de la Tierra no podía ver sin prismáticos, olfateaba el olor que no podría sentir ni un perro policía especialmente entrenado. Los finos y sensibles dedos de Guianeyá eran capaces de percibir sensaciones que no podían captar los dedos de las personas terrestres.
Las facultades de la enigmática huésped ya hacía tiempo que habían llamado la atención de los científicos. Poseía una voz maravillosa, cuyo diapasón abarcaba casi todas las octavas del piano terrestre. Dibujaba admirablemente bien, con gran facilidad modelaba retratos en arcilla y esculpía en mármol. Y lo hacía de tal forma como si toda su vida hubiera sido cantante, pintora o escultora. Su cuerpo era capaz de realizar los ejercicios gimnásticos más inverosímiles. Guianeyá superaba en mucho a las personas en todas las clases de atletismo. Sólo los deportistas varones, campeones en su especialidad, podían competir con ella sin el riesgo de resultar forzosamente derrotados.
Se había observado que lo que más le gustaba a Guianeyá era la natación. Y nadaba el crawl clásico con un estilo refinado, lo que demostraba, en primer lugar, que esta clase de deporte estaba muy difundida en su patria, y segundo, que no era una prerrogativa de la Tierra el invento del estilo de natación más rápido.
