
Quien dice una cosa dice la otra, Pero no dirá lo mismo, los autores solían tener buen oído para estas diferencias, Quizá se me estén endureciendo los tímpanos, Perdone, fue sin intención, No soy susceptible, además, dígame por qué se siente tan amargado, o escéptico, como quiera, Piense usted en la vida cotidiana de los correctores, piense en la tragedia de tener que leer una vez, dos, tres, cuatro o cinco veces, libros que, Probablemente no merecerían ni una sola lectura, Que conste que no he sido yo quien ha proferido tan graves palabras, sé muy bien cuál es mi lugar en la sociedad de las letras, voluptuoso, sí, pero también respetuoso, No veo dónde está eso tan terrible que yo he dicho, a mí me parecería la conclusión obvia de su frase, de aquellos elocuentes puntos suspensivos, pese a no vérseles las reticencias, Si quiere saberlo, vaya a los autores, provóquelos con la media frase mía y la media suya, y verá cómo le responden con el aplaudido apólogo de Apeles al zapatero, cuando el operario indicó el error en la sandalia de una figura y, después, tras comprobar que el artista había enmendado el error, se aventuró a opinar sobre la anatomía de la rodilla, Fue entonces cuando Apeles, furioso con el impertinente, le dijo Zapatero a tus zapatos, frase histórica, A nadie le gusta que le vengan con lecciones, En ese caso tenía razón Apeles, pero la tentación del zapatero es la más común entre los humanos, en fin, sólo el corrector aprendió que su trabajo de corregir es el único que nunca se acabará en el mundo, Ha sentido muchas tentaciones de zapatero al corregir mi libro, La edad nos trae una buena cosa que es una cosa mala, nos calma, y las tentaciones, incluso las imperiosas, nos resultan menos urgentes, En otras palabras, ve el defecto en la sandalia, pero calla, No, pero el error de la rodilla lo dejo pasar, Le gusta el libro, Me gusta, sí, Lo dice con poquísimo entusiasmo, Tampoco lo he notado en su pregunta, Cuestión de táctica, el autor, por mucho que le