
No obstante… le habían enviado a los Asesinos…
Aquella tarde Edward vendió todo lo que quedaba de las propiedades de los De M’uerthe, y volvió a matricularse en la escuela del gremio.
Para seguir el curso de postgrado.
Obtuvo las notas más altas posibles, siendo la primera persona que hacía tal cosa en toda la historia del Gremio de Asesinos. Sus preceptores lo describieron como un hombre al cual no había que perder de vista en ningún momento; y debido a que había algo en él que ponía muy nerviosos incluso a los Asesinos, sería preferible no perderle de vista desde bastante lejos.
En el cementerio, el sepulturero solitario estaba llenando el agujero que iba a ser el último lugar de descanso del viejo señor De M’uerthe.
Entonces reparó en lo que parecían ser unos pensamientos que habían empezado a agitarse dentro de su cabeza. Discurrían más o menos así: ¿Hay alguna posibilidad de que tengas un hueso? No, no, lo siento, eso ha sido de muy mal gusto, olvídalo. Pero tienes bocadillos de carne dentro de tu comosellame, la fiambrera del almuerzo, eso es. ¿Por qué no le das uno a ese perrito tan mono que hay ahí?
El hombre se apoyó en la pala y miró a su alrededor.
El chucho gris no le quitaba los ojos de encima.
Luego dijo:
—¿Guau?
Edward de M’uerthe tardó cinco meses en encontrar lo que andaba buscando. La búsqueda se vio obstaculizada por el hecho de que no sabía qué era lo que buscaba, únicamente que lo sabría en cuanto lo encontrara. Edward creía a pies juntillas en el destino. Ese tipo de personas suelen serlo.
