
La única iluminación provenía de la pantalla, que en aquel momento estaba mostrando un excelente perfil del cabo Zanahoria Fundidordehierroson.
La reducida pero muy selecta audiencia lo contemplaba con las expresiones cuidadosamente vacías propias de las personas que están medio convencidas de que a su anfitrión le falta un tornillo, pero le siguen la corriente porque acaban de disfrutar de una comida abundante y sería de mala educación irse demasiado pronto.
—¿Y bien? —dijo una de ellas—. Me parece que lo hemos visto andar por la ciudad. ¿Y qué? No es más que un guardia, Edward.
—Por supuesto. Es esencial que deba serlo. Una posición humilde en la vida. —Edward de M’uerthe hizo una señal y acto seguido hubo un suave chasquido cuando otra diapositiva de cristal se introdujo en la ranura de la linterna mágica—. Esta no fue p-intada en vida. El rey P-paragore. Tomada de un c-uadro antiguo. Este… —¡clic!— es el rey Veltrick III. De otro r-etrato. Esta es la reina Alguinna IV… ¿os dais cuenta de la línea de la barbilla? Esta… —¡clic!— es una p-ieza de siete reales del reinado de Webblethorpe el Inconsciente, volved a fijaros en el detalle de la barbilla y la estructura ó-sea general, y esta… —¿clic!— es una imagen i-nvertida de un jarrón lleno de flores. D-elfinios, creo. ¿A qué se debe esto?
—Ejem, lo siento, señor Edward, pero el caso es que todavía me quedaban unas cuantas placas, y los demonios no estaban cansados y…
—Siguiente diapositiva, por favor. Y luego puedes dejarnos.
—Sí, señor Edward.
—Preséntate ante el torturador de g-uardia.
—Sí, señor Edward.
¡Clic!
—Y esta es una imagen bastante bien hecha… bravo, Bl-en-kin… del busto de la reina Coanna.
