Pero tú quieres saber quién es ese guerrero… Es el hijo de Atreo, Agamenón, rey poderosísimo y fuerte guerrero: hubo un tiempo, si es que ese tiempo existió, en que era cuñado de esta mujer indigna que ahora te está hablando.» Príamo seguía mirando abajo, a los guerreros. «Y ese hombre», me preguntó, «¿quién es? Es más bajo que Agamenón, pero tiene el pecho y los hombros más anchos. ¿Lo ves? Pasa revista entre las filas de los hombres y parece un carnero de espeso pelaje que se pasea entre los rebaños de ovejas blancas.» «Ese es Ulises», respondí, «hijo de Laertes, crecido en Ítaca, la isla de piedra, y ramoso por su astucia y su inteligencia.» «Es verdad», dijo Príamo. «Lo conocí. Un día vino aquí en embajada, junto aMenelao, para discutir sobre tu suerte. Lo acogí en mi casa. Me acuerdo de que Menelao hablaba velozmente, con pocas palabras, muy claras. Hablaba bien, pero era joven… En cambio Ulises…, cuando le tocaba hablar a él se quedaba inmóvil, mirando al suelo, como si no supiera qué decir: parecía dominado por la cólera o completamente loco; pero cuando por fin empezaba a hablar le salía una voz tan grave…, las palabras parecían copos de nieve en invierno…, y entonces ningún hombre se habría atrevido a desafiarlo, hija mía, y no importaba que fuera más pequeño que Menelao o que Agamenón…» Luego Príamo distinguió a Ayante entre los guerreros y me preguntó: «¿Y ése quién es, tan grande y fuerte que supera a todos los demás aqueos?» Y yo le respondí y le hablé de Ayante, y después de Idomeneo, y luego de todos los príncipes aqueos. En ese momento podía reconocerlos a todos, a los aqueos de brillantes ojos; uno a uno habría podido ir explicándole a aquel anciano que quería saber por mí quiénes eran sus enemigos. Pero en ese momento llegó Ideo, el heraldo. Se acercó a Príamo y le dijo: «Levántate, hijo de Laomedonte.


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