
Cuarta intervención: naturalmente, no resistí la tentación e hice algunas, pocas, adiciones al texto. Aquí, en letra impresa, las encontraréis en cursiva, de manera que no existan equívocos: son como restauraciones declaradas, en acero y cristal, sobre una fachada gótica. Cuantitativamente, son intervenciones que cubren un porcentaje mínimo del texto. Por regía general, llevan hasta la superficie matices que la Ilíada no podía nombrar en voz alta, sino que escondía entre líneas. A veces traen teselas de esa historia transmitidas por otras narraciones posteriores (Apolodoro, Eurípides, Filóstrato). El caso más evidente, pero en cierto modo anómalo, es el último monólogo, el de Demódoco. Como es sabido, la Ilíada acaba con la muerte de Héctor y con la restitución de su cuerpo a Príamo: no hay rastro del caballo ni de la caída de Troya. Pensando en una lectura pública, sin embargo, me parecía pérfido no explicar cómo había terminado, finalmente, esa guerra. Así que tomé una situación que procede de la Odisea (libro VIII; en la corte de los feacios, un viejo aedo, Demódoco, canta la caída de Troya frente a Ulises), y aboqué en su interior, por decirlo así, la traducción de algunos fragmentos de La toma de Ilío de Trifíodoro: un libro, no exento de cierta elegancia poshomérica, que se remonta al siglo IV después de Cristo.
