
No tenía ninguna duda con respecto a eso. También estaba segura de que nadie se pasaba de la raya con Lucy Crowe.
– Probablemente sea una buena idea mantener a la prensa fuera de esto.
– Probablemente.
– Tiene razón en cuanto al forense, sheriff. Llegará en cualquier momento. Pero el plan de emergencia diseñado por Carolina del Norte requiere la actuación del DMORT cuando se produce una catástrofe de esta magnitud.
En ese momento oí un estallido apagado, seguido de órdenes impartidas a gritos. Crowe se quitó el sombrero y se pasó la manga de la chaqueta por la frente.
– ¿Cuántos fuegos siguen ardiendo?
– Cuatro. Los estamos sofocando pero resulta complicado. En esta época del año la montaña está muy seca. -Golpeó ligeramente el sombrero contra un muslo casi tan musculoso como sus hombros.
– Estoy segura de que su equipo está haciendo todo lo que puede. Han acordonado el área y están combatiendo los incendios. Si no hay supervivientes, no se puede hacer nada más.
– La verdad es que no están entrenados para este tipo de cosas.
Por encima del hombro de Crowe vi que un hombre mayor con una chaqueta de los Voluntarios Cherokee del Departamento de Policía removía unos desechos con un palo. Decidí actuar con discreción.
– Estoy segura de que le ha advertido a su gente de que la escena de un accidente debe tratarse como si fuese la escena de un crimen. No deben tocar nada.
Repitió su gesto característico asintiendo con la cabeza.
– Probablemente se sienten frustrados, quieren ser útiles pero no saben qué hacer. Pero recordárselo nunca hace daño.
Hice una señal en dirección al tío que hurgaba entre los desechos.
Crowe maldijo en voz baja, luego se dirigió hacia el voluntario con unas zancadas propias de una velocista olímpica. El hombre se alejó y un momento después la sheriff volvió a reunirse conmigo.
– Esto nunca es fácil -dije-. Cuando llegue el NTSB asumirá la responsabilidad de toda la operación.
