
A Paul Reichs por sus valiosos comentarios sobre el manuscrito.
A mis maravillosas editoras, Susanne Kirk y Lynne Drew.
Y, por supuesto, a mi agente obradora de milagros, Jennifer Rudolph Walsh.
Mis historias no podrían ser lo que son sin la ayuda de amigos y colegas. Gracias a todos ellos. Y, como siempre, todos los errores son de mi exclusiva responsabilidad.
Capítulo 1
Miré a la mujer que había volado a través de los árboles. La cabeza por delante, la barbilla alzada, los brazos extendidos hacia atrás como la pequeña diosa de cromo sobre el capó de un Rolls Royce. Pero la dama del árbol estaba desnuda y su cuerpo acababa en la cintura. El torso sin vida estaba aprisionado por ramas y hojas cubiertas de sangre.
Bajé la vista y eché una mirada a mi alrededor. Excepto por el estrecho camino de grava donde había aparcado, hasta donde alcanzaba la vista se extendía un bosque denso y abigarrado. Los árboles eran en su mayoría pinos, tan sólo unos robles indicaban, como festones, la muerte del verano con una paleta de rojos, amarillos y anaranjados en el follaje.
Aunque en Charlotte hacía calor, aquí arriba el clima de principios de octubre era muy agradable. Pero pronto haría frío. Cogí la cazadora que estaba en el asiento trasero, permanecí en silencio y escuché.
Trinos de pájaros. Viento. La huida precipitada de un pequeño animal. Luego, a lo lejos, un hombre que llamaba a otro. Una respuesta apagada.
Sujeté la cazadora alrededor de la cintura, cerré el coche y me dirigí hacia las distantes voces, arrastrando los pies a través de un lecho de hojas muertas y pinaza.
Cuando había recorrido una decena de metros en el interior del bosque, pasé junto a una figura que estaba recostada en una piedra cubierta de musgo, las rodillas flexionadas contra el pecho y un ordenador portátil a su lado. Le faltaban ambos brazos y de su sien izquierda sobresalía un pequeño chichón.
