
Así que ella también mentía.
Su primer recuerdo, dijo, era el de que estaba sentada en el suelo de la cocina, cubierto con esteras de rafia mal hilada, de las que tienen agujeros en los que ella podía meter una cuchara para hacerlos más grandes y ganarse una bofetada por ello -pero se sentía a salvo porque su madre estaba cantando a solas en segundo plano (siempre cantaba canciones antiguas cuando cocinaba, no las que le gustaba escuchar en otros momentos; e incluso hoy día, cuando Martha encendía la radio y oía algo como «You're the Top» o «We'll All Gather at the River» o «Night and Day», de repente olía a sopa de ortigas o a fritura de cebollas, ¿no era una cosa rarísima?, y había aquella otra, la de «Love Is the Strangest Thing», que siempre le evocaba el corte súbito y la succión de una naranja-, y allí, extendidas sobre la estera, estaban las piezas de su rompecabezas de los condados de Inglaterra, y mami había decidido ayudarla formando, para empezar, toda la periferia y el mar, lo cual dejaba perfilado el contorno del país en aquel suelo de rafia de formas curiosas, un poco como una anciana voluminosa sentada en la playa con las piernas estiradas, y las piernas eran Cornualles, aunque por supuesto a ella no se le había ocurrido pensarlo entonces, ni siquiera conocía la palabra Cornualles, ni de qué color era la pieza, y ya se sabe cómo son los niños con los rompecabezas, cogen cualquier pieza y tratan de encajarla por la fuerza en el hueco, así que seguramente ella escogió Lancashire y le obligó a comportarse como si fuera Cornualles.
