– Sarah, ¿qué te sucede? -se decidió a preguntarle un día, a finales de mayo.

Por entonces ella ya estaba en su sexto mes de embarazo y hacía mucho tiempo que no se veían, porque Sarah no soportaba ver a su hermana embarazada.

– Nada. Estoy bien.

– ¡No digas que estás bien! Eres otra persona. ¿Qué te está haciendo tu marido? ¿Qué ocurre entre vosotros?

Jane se ponía enferma sólo con mirarla. Había notado lo incómoda que se sentía su hermana cada vez que la visitaba, y por eso casi nunca había tratado de sonsacarla. Pero ya no estaba dispuesta a abandonarla por más tiempo a su propia suerte. Le empezaba a inquietar terriblemente que pudiera perder el juicio si continuaba junto a Freddie, y por eso se decidió a hablarle con franqueza.

– No seas tonta. Estoy bien.

– ¿Van ahora las cosas mejor que antes?

– Supongo que sí.

Su evasiva fue premeditada, y su hermana se dio cuenta al instante.

Desde el aborto, Sarah nunca había estado tan delgada y tan pálida. Se encontraba sumida en una profunda depresión, y lo peor de todo es que nadie lo sabía. Se apresuraba a decir a todo el mundo que las cosas se habían arreglado, que Freddie se portaba bien. Incluso les dijo a sus padres que su marido estaba buscando trabajo. Siempre la misma cantinela, pero ya nadie estaba dispuesto a creerla, ni siquiera ella misma.

Para celebrar su primer aniversario de boda sus padres consintieron tácitamente en alimentar más la farsa, y organizaron en su honor una pequeña fiesta en la casa de Southampton.



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