
La nariz de Drusilla estaba tan cerca de la suya que Agatha se tumbó contra el respaldo de la silla.
– ¡Caramba…!
– El domingo, pienso pedirle el pulpito a su ministro por unos momentos. ¡Créame, no hace falta más para que usted cuente con un ejército regular a su mando!
Agatha no estaba muy convencida de desear un ejército, pero Drusilla siguió:
– No sólo tendría el apoyo de la Unión Nacional de Mujeres Cristianas por la Templanza, sino el del propio gobernador St. John.
Agatha sabía que John P. St. John había sido elegido dos años antes gracias a una plataforma que ponía el acento de sus reivindicaciones en la prohibición del alcohol, pero no sabía nada más de política, y poco más sobre una organización en semejante escala.
– Por favor, yo… -Dejó escapar una bocanada de aire entrecortada y se levantó. Se dio la vuelta y se retorció las manos-. No sé nada de organizar un grupo así.
– Yo la ayudaré. La organización nacional lo hará. El Temperance Banner, nuestro periódico, ayudará. -Wilson se refería al periódico estatal creado dos años antes para apoyar las actividades pro-templanza y de apoyo a la legislación contra el alcohol-. Y sé lo que digo cuando me refiero a que las mujeres del pueblo nos ayudarán. He viajado casi cinco mil kilómetros. Crucé el Estado una y otra vez, y estuve en Washington. Asistí a cientos de reuniones públicas en escuelas e iglesias de todo Kansas. En todas ellas vi que surgían grupos de apoyo a La Causa casi de inmediato.
– ¿Legislación? -Esa palabra aterró a Agatha-. Ignoro todo respecto de la política, señorita Wilson, y no quiero verme involucrada. Para mí ya es bastante dirigir mi negocio. Sin embargo, tendré mucho gusto en presentarle a las mujeres de Cristo Presbiteriano, si quiere invitarlas a un mitin de organización.
– Muy bien. Es un comienzo. ¿Y podríamos hacerlo aquí?
– ¿Aquí? -Los ojos de Agatha se dilataron-. ¿En mi tienda?
– Sí.
