
– ¡Que Drusilla Wilson está en el pueblo y que pasó casi una hora en esta misma tienda! ¿Lo harás?
– ¿Qué cosa?
A Agatha la ofendía la suposición de Violet de que ella sabía todo lo que se hablaba cada mañana en el negocio de Harlorhan. A Violet, en cambio, los chismes le encantaban.
– Hacer aquí una reunión de templanza.
Agatha se irguió.
– ¡Cielos! Esa mujer salió de aquí hace menos de quince minutos, ¿y ya te enteraste de eso en Harlorhan?
– Bueno, ¿lo harás?
– No, no exactamente.
– Pero eso es lo que se dice.
– Acepté dejar que la señorita Wilson la haga aquí, eso es todo.
Violet se quedó petrificada y los ojos se le pusieron redondos y azules como bolas.
– Dios, es bastante.
Agatha se acercó al escritorio, confundida, y se sentó.
– Él no hará nada.
– Pero es nuestro nuevo patrón. ¿Y si nos echa?
Agatha levantó el mentón en gesto desafiante.
– No se atreverá.
Pero ya se le había ocurrido a LeMaster Scott Gandy.
Estaba de pie junto a la barra, una bota en el riel de bronce, escuchando los comentarios atrevidos de los hombres acerca de la pintura. Teniendo en cuenta la hora, había bastante actividad. Las noticias volaban en un pueblo tan pequeño. El local estaba abarrotado de varones curiosos, que querían echarle un vistazo al desnudo. Cuando llegaron Jubilee y las chicas, el negocio floreció todavía más.
Sin embargo, la sombrerera de boca de miel seguía fastidiándolo. Gandy se puso ceñudo. Si se lo proponía esa mujer era capaz de convertirse en un estorbo infernal. Con una sola como ella bastaba para agitar a todas las habitantes femeninas de un pueblo y que comenzaran a molestar a sus esposos en relación con las horas que pasaban en la taberna. Si la inquietaba la pintura, las chicas la indignarían.
Gandy bajó más sobre los ojos el ala del Stetson y apoyó a los codos en la barra, detrás de él.
