
– Sí, hubo más. Dejamos de contar al llegar a cincuenta.
– Eran niños pequeños, ¿verdad? Cincuenta niños pequeños abandonados, que se pasaban el día en los alrededores del centro de juventud, que vivían en la calle y murieron en la calle. Nadie se preocupaba mucho por ellos, ¿no?
– Tiene razón -dijo Clayton en tono cansino-. Nadie se preocupaba mucho por ellos. Ni antes ni después de su asesinato.
– Estoy informado sobre él. Un ex asistente social, ¿verdad?
– Si dice que está informado, no tendría que preguntármelo.
– Nadie quiere saber por qué alguien comete un crimen, ¿no es así, profesor? Sólo quieren saber quién y cómo, ¿correcto?
– Desde que se aprobó la enmienda No Hay Excusas a la Cons titución, es como usted dice. Pero es policía y debería saber esas cosas.
– Y usted es el profesor que aún conserva su viejo interés por el trasfondo emocional de los delincuentes; la obsoleta pero a veces desafortunadamente necesaria psicología criminal. -Martin aspiró a fondo-. El perfilista -dijo-. ¿No es así como debo llamarle?
– No le servirá de nada -repitió Clayton.
– El hombre que puede explicarme por qué, ¿verdad, profesor?
– Esta vez no.
El agente sonrió una vez más.
– Estoy al corriente de cada una de las cicatrices que esos casos le dejaron.
– Lo dudo -replicó Clayton.
– No, no, lo estoy.
Clayton señaló el maletín con un movimiento de cabeza.
– ¿Y éste?
– Este es especial, profesor.
Jeffrey Clayton prorrumpió en una sola andanada de carcajadas sarcásticas que retumbaron en la sala vacía.
– ¡Especial! Cada vez que han acudido a mí (y siempre es lo mismo: un hombre con un traje azul o marrón no especialmente caro y un maletín de piel que me habla de algún crimen que sólo puede resolverse con la ayuda de un experto), cada vez me dicen exactamente lo mismo.
