Exhaló un hondo suspiro, deseando que el aire acondicionado de la casa funcionara. Se dijo que su buena mano para los acertijos estaba basada en la paciencia, y que sólo tenía que ser metódica para descifrar éste. De modo que mojó los dedos en el agua con hielo, se frotó con ellos la frente y luego el cuello y decidió que nadie le enviaría un mensaje en clave que ella no pudiese descifrar: no tendría el menor sentido enviárselo.

De cuando en cuando alguno de los lectores de la revista que solían resolver sus pasatiempos le mandaban notas, pero siempre a su seudónimo en la oficina. Invariablemente figuraba la dirección del remitente -a menudo también cifrada-, pues sus admiradores estaban más ansiosos por demostrarle su brillantez que por conocerla en persona. De hecho, a lo largo de los años, unos cuantos habían logrado dejarla en blanco, pero esas derrotas siempre iban seguidas de éxitos.

Observó de nuevo las palabras.

Recordó algo que había leído una vez, un proverbio, un retazo de sabiduría transmitido de padres a hijos en una familia: «Si corres y oyes ruidos de cascos a tu espalda, lo más sensato es suponer que se trata de un caballo y no de una cebra.»

No una cebra.


«Recurre a la simplicidad. Busca la respuesta fácil.»

Bien. La primera persona. La primera persona del singular.

Es decir, «yo».

«La primera persona posee…»

¿La primera persona, con un sinónimo de «poseer»?

«Yo he…»

Se inclinó sobre su bloc y asintió con la cabeza.

– Estamos avanzando -dijo en voz baja.

«… aquello que la segunda persona escondió».

La segunda persona. Es decir, «tú».

Escribió: «Yo he espacio a ti.»

Se fijó en la palabra «escondió».

Por un momento pensó que se había mareado por el calor. Respiró hondo y extendió el brazo para coger el vaso de agua.

El antónimo de «esconder» era «encontrar».

Bajó la vista hacia la nota y dijo en alto:



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