– Pero es una buena palabra -dijo ella.

– Maine, no me digas.

– Maine, es lo que digo yo -dijo ella-. Quizás sea simple, Ethan, pero tiene algo, tiene fuerza. Se tiene la sensación de que es el meollo, una especie de meollo, el meollo moral.

– Si me lo dice una persona que elige las palabras, algo tendrá que significar.

– Claro que elijo las palabras, no te quepa duda.

– Entonces, a lo mejor Jack tiene algo que…

– Ethan, Jack siempre tiene algo. Sea lo que sea, Jack se apropia del sentido interno de la cosa en sí, de su centro mismo, de su corazón. Eso es algo que los dos sabemos de Jack.

– ¿Y yo qué hago? ¿Ir y venir de allá al trabajo? ¿En el día?

– A mí me gustaría estar allí ahora mismo -dijo ella-. Esta ciudad. Esta época del año…

– Julio, agosto.

– La ciudad de los chillidos.

– Así que piensas que algo tiene.

– Yo elijo las palabras.

– Piensas que ha escogido una buena.

– Jack nunca falla. Jack acierta siempre.

Del mismo modo que consideraba a Ethan una suerte de semieduardiano, consideraba su boca, aparte del resto de su persona, como algo alemán. Tenía unos labios autoritarios, una especie de natural mueca de desdén; en ocasiones, cuando poco le faltaba para babear al reírse, en las comisuras de los labios le asomaba salivilla. Ésas eran las cosas que Pammy relacionaba con las escenas del alto mando alemán en las películas sobre la segunda guerra mundial.

– A lo mejor vamos a echar un vistazo.

– ¿A echar un vistazo? ¿A qué? -Al terreno. A ver qué pinta tiene. Sólo a ver. Se lo está diciendo a todo el mundo. O Maine, o nada. Y no es cuestión de que yo vaya y vuelva en el día, por descontado que no. Pero sólo a echar un vistazo. Tres semanas, cuatro. Ya se le quitará la idea de la cabeza, ya volveremos. La vida volverá a ser como antes, el mismo rollo de siempre. -Maine.



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