Cuando por fin llegué a casa, no dormí mucho. Me desperté varias veces, sobresaltada, e intenté no pensar en lo que le ocurría a Petra y concentrarme, en cambio, en los sitios donde podría buscarla. También me pregunté a quién habría franqueado la entrada en mi oficina.

– En cualquier caso, no debería hablar con un bandido como Johnny Merton -dijo el señor Contreras-. Te lo vengo diciendo desde la primera vez que fuiste a verlo, pero tú eres la única que siempre sabe lo que está bien y lo que está mal. Los demás somos tan ignorantes que no tenemos opinión. Y ahora has metido en problemas a Petra.

– Sé cuántas condenas le han caído a Merton. No me sorprendería en absoluto que hubiera raptado a mi hija y la hubiese obligado a abrir la puerta de tu oficina -rugió Peter, cruzando la sala para poner su nariz casi pegada a la mía-. Si sufre algún daño por culpa tuya, te lo infligiré a ti multiplicado por diez. ¿Me oyes?

Me quedé muy quieta, sin decir nada. Si a Petra le ocurría algo malo por mi culpa, yo no podría vivir tranquila, pero resultaba imposible responder a la furia ciega de su padre. Sonó el teléfono y por fin se apartó de mí para contestar.

– Id a ver a Derek Hatfield -dije, volviéndome hacia Rachel-. Es un buen agente de campo.

– Y tú, ¿qué harás? -quiso saber.

– Voy a destinar el caso a mi mejor agente -respondí en tono lóbrego.

Mi mejor agente había sido incapaz de encontrar a Lamont Gadsden. Mi mejor agente había dejado un rastro de desolación en el Centro Libertad Aguas Impetuosas. Esperaba que hiciera un trabajo mejor buscando a Petra.

3 Ninguna buena acción queda sin castigo

Lamont Gadsden y mi prima Petra. Era difícil imaginar dos personas que tuvieran menos en común: un viejo compañero de Merton el Martillo, del South Side de Chicago, y una chica de la generación milenio de un barrio rico de Kansas City acostumbrada a comunicarse mediante mensajes de texto. Si no hubiese sido por mí, y por un poco de mala suerte, sus caminos no se habrían cruzado nunca.



16 из 414