– Di mi palabra -contestó ella levantando una mano-. No diga nada, por favor. Mi palabra tiene valor. No espero que me crea, pero es cierto.

El arqueó la otra ceja y Victoria se dijo que ni tenía sentido del humor, ni le gustaba que otro pusiese las reglas.

Kateb dijo algo que ella no pudo oír y varios hombres tomaron las maletas y las cajas.

– Estas las voy a llevar conmigo -explicó ella señalando las maletas-. Las cajas pueden guardarlas.

Kateb asintió, como si hiciese falta su permiso para que se hiciese lo que ella había dicho.

– ¿Hay electricidad a donde vamos? -preguntó Victoria-. Llevo unas tenacillas para el pelo.

Por no mencionar el secador, el iPod y el cargador del teléfono móvil.

– Tendrás todo lo que necesites -contestó él.

Lo que no era exactamente un sí.

– Supongo que nuestros conceptos de lo que necesito serán diferentes. No creo que sepa lo importantes que son para mí esas tenacillas.

Él miró su pelo, que llevaba recogido en una coleta para el viaje.

– Nos vamos -dijo.

Victoria lo siguió fuera de la habitación y por el pasillo. No había nadie para despedirla. Su amiga, Maggie, estaba de viaje con su prometido, el príncipe Qadtr, el hermano de Kateb. Victoria le había dejado una nota en la que le decía que estaría fuera una temporada. Después de dos años en El Deharia, ya no tenía demasiados amigos en Estados Unidos que fuesen a darse cuenta de que había desaparecido unos meses, y tampoco iba a estar en contacto con su padre, eso era evidente. Aunque también era muy triste.

Atravesaron el palacio, dirigiéndose a la parte trasera. Cuando salieron, Victoria vio varios camiones en el jardín.

– No tengo tanto equipaje -comentó, preguntándose para qué serían.

– Vamos a llevarnos provisiones -le explicó Kateb-. En el desierto uno intercambia cosas para conseguir lo que quiere. Tú viajarás conmigo -añadió, señalando un Land Rover aparcado a un lado.



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