
En uno de los últimos pisos de un rascacielos del sur de Manhattan, un joven, presa del pánico, irrumpió en una reunión importante y le susurró la noticia urgente al señor CarI Trudeau, que perdió de inmediato el interés por los temas que estaban debatiéndose y se levantó con brusquedad.
– Parece que el jurado ha alcanzado un veredicto -dijo. Salió de la habitación a grandes zancadas y atravesó el pasillo hasta un despacho monumental que ocupaba toda una esquina del edificio. Se quitó la chaqueta, se aflojó la corbata, se acercó al ventanal y contempló el río Hudson en la distancia, a través de la incipiente oscuridad. Esperó y una vez más volvió a preguntarse cómo era posible que gran parte de su imperio pudiera depender de la decisión de doce personas normales y corrientes de un lugar atrasado de Mississippi.
Para un hombre que sabía tanto, la respuesta seguía escapándosele.
La gente entraba corriendo en el juzgado desde todas direcciones cuando los Payton aparcaron en la calle de atrás. Se quedaron un momento en el interior del vehículo, sin soltarse de la mano. Durante cuatro meses habían intentado no tocarse estando cerca del palacio de justicia pues siempre había alguien observando, ya fuera un miembro del jurado o un periodista, y era fundamental aparentar toda la profesionalidad posible. A la gente le sorprendía que un matrimonio llevara un caso conjuntamente y los Payton intentaban comportarse en público como abogados y no como esposos.
Además, durante el juicio habían tenido algunos momentos para el afecto fuera del juzgado.
– ¿En qué estás pensando? -preguntó Wes, sin mirar a su mujer.
Tenía el pulso acelerado y la frente húmeda. Todavía asía el volante con la mano izquierda y no dejaba de repetirse que se relajara.
Relajarse. Menudo chiste.
