
Que yo espiara sus movimientos aquella noche no voy a justificarlo únicamente en razón de mi enfermiza curiosidad por conocer cómo organizan su vida mis vecinos. A esta manía mía -una vieja tara personal-, hay que añadir, en esta ocasión, el hecho de que Herrera se cuidara de hacer resaltar durante el desayuno el temor que sentía a perder la vida. Llegó a insinuar, sin dar explicaciones, que era acechado por algo o por alguien a quien movían propósitos criminales, y dijo que veía venenos y estiletes por todas partes (acompañó esta frase con gestos de tal dramatismo que, por un momento, incluso pensé que se burlaba de mí). No le presté excesiva atención hasta que acabó poniéndose muy serio y me dijo que, en los últimos días, una premonición de muerte le perseguía. Comprendí que me había invitado a vivir a su lado porque temía quedarse solo y tenía miedo. Cuando nos separamos, hallé en el jardín un rincón cubierto de hiedra desde el que pude observar, sin ser vista, las actividades de Herrera en su último día de vida: de noche le vi, en el resplandor blanco de su estudio, trabajando sin cesar; le vi de día escondido en el salón de la planta baja de la casa trasladando de sitio espejos y plantas, sin acertar a comprender qué era lo que estaba haciendo.
