
Di entre tanto un vistazo al estudio. Lo primero que llamó mi atención fue que la habitación tenía la forma de la letra V y era muy oscura e imitaba el interior de un mausoleo. La mesa cuadrada, de roble negro, quedaba encajada en un hueco, y encima de ella encontré gran cantidad de papeles. En uno de ellos podía verse, si se miraba con mucha atención, un triángulo verde que imitaba la forma de la habitación. En el interior del triángulo, un hombre yacía decapitado entre un montón de libros. Extraño dibujo, pensé, y en verdad que era extrañísimo porque, si se seguía mirando con atención, la imagen de pronto se diluía convirtiéndose en un amorfo conglomerado de sombras negruzcas. En una de ellas, era distinguible el rostro de un hombre -que yo identifiqué con el príncipe Mdivani- en el momento de ser degollado por su propio Rolls. Y, si se seguía mirando muy fijamente, el Rolls se convertía en una noria que traqueteaba bajo un cielo de ceniza al paso de un faisán de juguete. Nunca he sido capaz de ver tantas imágenes en un solo dibujo y creo que puedo achacarlo al miedo que me dominaba desde que encontré el cadáver. Me senté en un sillón y desvié mi atención de aquel dibujo cuando, de pronto, sin poder evitarlo, descubrí nuevas cosas en la habitación. El empapelado de la pared ocultaba otro empapelado debajo. Bastaba con rasgar ligeramente el papel para comprobar que había otro, de gran colorido, representando imágenes de una mujer vista por un artesano de la Edad Media. Y, de seguir rasgando el papel, se pasaba a otro en el que el dibujo, repetido hasta la saciedad, era una mujer en una cartografía del Renacimiento.
