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Y recordó entonces un episodio de su vida: siendo un niño entró un día sin previo aviso en la habitación de su hermana sorprendiéndola desnuda frente al espejo. Ariadna, que le doblaba en edad, enfureció y con crueldad le castigó duramente. Le ató de pies y de manos y le flageló con dureza hasta conseguir que la sangre recorriera su pequeño cuerpo. Accedió luego a desatarle con la expresa condición de que, arrodillándose ante ella, besara sus pies y agradeciera el castigo recibido. Así lo hizo y fue entonces cuando, bajo el látigo e inclinado ante la gran belleza de su hermana, se despertó en él por primera vez una sensación de goce y de placer estrechamente ligada a su descubrimiento de la mujer. Siempre creyó que este episodio iría borrándose de su memoria y se equivocó. Porque no tenía otro deseo que el de reencontrar a su hermana muerta y volver a hallarse rodeado de los muros de entonces; sentir que Ariadna le seguía llamando con aquel tono de voz que, desde las largas fiebres de la infancia, le había sido tan familiar.
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Aquella noche comprendió que, lejos de aquellas dulces llamadas, se sentía perdido y caía en la desesperación. Ariadna le había dejado un día en el que, precipitándose los acontecimientos, renunció a la vida embriagándose hasta reventar y desplomarse muerta sobre el sillón en el que se había sentado a observarla, mudo de terror y de sorpresa ante el último espectáculo que ella le deparaba. Comenzó a imaginar que la veía emerger del fondo del espejo de su gabinete y que ella le llamaba dulcemente como antaño y le retenía unos instantes entre sus brazos. En realidad, cuando imaginaba esto, lo que deseaba era olvidarse de mí. Yo estaba detrás de él contemplándole. Él se hallaba sentado de espaldas, con los codos y antebrazos reposando sobre el tablero de una mesa mientras su cabeza estaba inmóvil.
