Cuando concluyó con la estación, Almanza fotografió el Roca, un cinematógrafo que había por ahí y, yendo hacia el lago y el bosque, fotografió el edificio de la Facultad de Ciencias Exactas, que le gustó mucho, y el monumento al Almirante Brown, “de altura imponente”, según le comentó a Julia. Más adelante vieron el lago, con patos y cisnes, y gente que remaba en botes. Una insinuante voz italiana preguntó:

– ¿Quieren una bella fotografía? Hay que guardar el recuerdo de un momento feliz.

El que habló era uno de esos viejos fotógrafos de plaza, con su guardapolvo y su gran cámara de trípode, provista de trapo negro. Julia dijo:

– Por mí no se ponga en gasto.

Almanza contestó con un frase dirigida al fotógrafo:

– Pierda cuidado, Julia. A un colega el señor le hace precio.

– Maldito oficio -contestó el fotógrafo (dijo maledetto)-. En estos días todo el mundo es colega, pero uno tiene que vivir. Próximo al lago, próximo al lago: será una bella fotografía. Hay que aprovechar ahora, que de nuevo está con agua.

– ¿Estuvo seco?

– ¿Cómo? ¿El señor no sabe? Hubo un crimen, pero no encontraban el arma. Si no hay arma, no hay condena. Se le metió en la cabeza a la policía que el arma estaba en el fondo del lago. Lo secaron. Este lago, orgullo de La Plata, se convirtió en un barrial infame, con burbujas de agua podrida y charcos donde boqueaban mojarras, una carpa que era un verdadero monstruo y bagres bigotudos, más feos que yo. No se imagina la cantidad de objetos inservibles que ocultaba este bello lago. Francamente, señor, había de todo, menos el cuchillo del crimen.

Mientras hablaba los fotografió. Entregó después una copia a cada uno.

– No está mal -comentó Julia-, aunque yo parezco de noticias de policía.

– Es un buen trabajo -dijo Almanza.

Julia preguntó si podía quedarse con la foto y agradeció el obsequio. Almanza pagó.



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