
Si hubiera confiado en lo que le decía su instinto, se habría dado cuenta que la inagotable cartera de Kevin Ford estaba relacionada con el mundo de la delincuencia. Aquel hecho quedó demostrado la noche en que oyó una conversación entre Ford y uno de sus más importantes clientes, Red Keenan, un hombre del que Olivia había sabido más tarde que era un pez gordo de los bajos fondos y que, solo el año anterior, había ordenado un buen puñado de asesinatos.
Al volver a oír el sonido de cristales rotos, se sobresaltó y se preparó para lo peor. Sin embargo, una voz familiar la sacó de su angustia.
– ¿Señorita Farrell? ¿Se encuentra bien?
Olivia sacó la cabeza de su escondite y vio al fiscal del distrito Elliott Shulman, el hombre que se encargaba de la acusación en el caso de Red Keenan.
– Sigo viva…
– Esto es inaceptable -dijo el hombre, acercándose a ella para ayudarla a levantarse-. ¿Dónde está la protección policial que requerí?
– Siguen delante de mi piso…
– ¿Quiere decir que salió de su casa sin decírselo?
Olivia asintió, avergonzándose de sí misma al oír el tono recriminatorio de aquellas palabras.
– Yo… solo necesitaba trabajar un poco.
La tienda lleva cerrada casi dos meses, tengo facturas que pagar, antigüedades que vender… Si no me ocupo de mis clientes, se irán a otra parte.
Shulman la agarró por el codo y la condujo hasta la puerta principal.
– Bueno, ya ha visto de lo que Red Keenan es capaz, señorita Farrell. Tal vez ahora nos escuche y se tome sus amenazas en serio.
– Sigo sin comprender por qué iba a querer mi muerte -replicó ella, soltándose-. Kevin puede testificar. Yo solo les oí hablando. Y tampoco oí mucho.
– Como ya le he dicho antes, señorita Farrell, su socio no va a hablar. Usted es la única testigo que puede relacionarlos a los dos. Después de lo que ha pasado esta noche, vamos a tener que ocultarla en algún sitio seguro, fuera de la ciudad.
