Medor, descuartizado y mal cosido, fue entregado a su llorosa ama, como un remordimiento vivo, que es lo que son los remordimientos incluso después de muertos. Camino del aeropuerto, donde tomarían el avión para París, los veterinarios acordaron pasar por alto, en el informe, el intrigante suceso de las cuerdas vocales desaparecidas. Y parece que definitivamente, pues aquella misma noche empezó a rondar por Cerbère un can de tres cabezas, alto como un árbol, pero silencioso.

Por estos mismos días, quizá antes, quizá después de haber trazado Joana Carda su raya en el suelo con la vara de negrillo, andaba un hombre paseando por la playa, ocurría esto al atardecer, cuando el rumor de las olas apenas se oye, breve y contenido como un suspiro sin causa, y ese hombre, que más tarde dirá que se llama Joaquim Sassa, iba andando sobre la línea de la marea, que distingue la arena seca de la arena mojada, y de vez en cuando se inclinaba para coger una concha, una pinza de cangrejo, una hilacha de alga verde, no es raro que mate uno el tiempo así, y así lo mataba este paseante solitario. Como no llevaba bolsillos ni bolsa para guardar sus hallazgos, devolvía al agua los restos muertos cuando tenía las manos llenas, al mar lo que al mar pertenece, la tierra que se quede con la tierra. Pero toda regla tiene sus excepciones, y una piedra que vio más alejada, fuera del alcance de la marea, la levantó Joaquim Sassa, y era pesada, ancha como un disco, irregular, que si fuera de las otras, manejables, de contorno liso, de esas que caben holgadas entre el pulgar y el índice, Joaquim Sassa la habría tirado rasando el agua llana para verla saltar, puerilmente feliz con su destreza, y hundirse al fin, perdido ya el impulso, piedra que parecía tener su destino marcado, reseca al sol, mojada sólo por la lluvia, y hundida ahora en las oscuras profundidades esperando un millón de años hasta que este mar se evapore, o retrocediendo la devuelva a la tierra donde permanecerá otro millón de años, dando tiempo a que baje a la playa otro Joaquim Sassa, que sin saberlo repetirá el gesto y el movimiento, ningún hombre diga, No lo haré, segura y firme no está piedra alguna.



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