
Por ejemplo, pareció quedar demostrado que si los perros de Cerbère ladraron fue porque Joana Carda hizo una raya en el suelo con una vara de negrillo, aunque sólo un chiquillo muy crédulo, si queda alguno de los dorados tiempos de la credulidad, o inocente, si el santo nombre de inocencia así puede ser jurado en vano, un chiquillo capaz de creer que, cerrando la mano, guardó dentro la luz del sol, sólo ese chiquillo creería que fuesen capaces de ladrar los perros que nunca antes ladraron por razones que son tanto de orden histórico como fisiológico. En estas decenas y decenas de millares de lugarejos, aldeas, villas y ciudades lo que no faltan son personas que jurarían ser causa y causas, tanto del ladrar de los perros como de todo lo que vendrá, porque tropezaron con una puerta, o se cortaron una uña, o arrancaron una fruta del árbol, o corrieron una cortina, o encendieron un pitillo, o murieron, o, no las mismas, nacieron, hipótesis éstas, las de muerte y nacimiento, que más difíciles serían de admitir teniendo en cuenta que tendríamos que ser nosotros quienes las propusiéramos, pues quien nace no viene hablando de la barriga de la madre y quien muere no habla tras haber entrado en la barriga de la tierra. Y de nada sirve añadir que a cualquiera le sobran razones para juzgarse causa de los efectos todos, éstos de los que venimos hablando y más los que son nuestra parte exclusiva para el funcionamiento del mundo, lo que mucho me gustaría saber es cómo será este mundo cuando ya no haya hombres y los efectos que sólo ellos causan, lo mejor es no pensar en tal inmensidad, que da vértigo, ahora bien, bastará que sobrevivan unos animalillos, unos insectos, y habrá mundos, el de la hormiga, el de la cigarra, no abrirán cortinas, no se mirarán en un espejo, qué más da eso, al fin y al cabo la única gran verdad es que el mundo no puede morir.