
Es raro, anómalo, todo lo que sucede estos días. Muchos querríamos saltárnoslos, como querríamos pasar por encima de todas las tardes de domingo. Otros tal vez los vivan como un retorno al Paraíso.
Durante un tiempo también yo pensaba que la vida era como la tarde de domingo, mientras que el Paraíso era como la tarde del sábado, la perpetua felicidad y la gozosa espera. Pero no. Ahora piensa uno exactamente lo contrario. La vida diaria, la cotidiana, es el sábado por la tarde. Es breve, como recordaba Leopardi en su poema «El sábado en la aldea», pero es intensa y llena de matices admirables y únicos, incluso para quienes padecemos una u otra enfermedad del alma. En cambio la tarde de domingo es «eternamente interminable y larga», tediosa e indigesta, como la sola visión de la bandeja de los turrones el día de Reyes, después de haber sido saqueada durante catorce incontinentes jornadas.
Dentro de tres días habremos doblado definitivamente el Cabo de Hornos, que es como deberían llamarse a estas peligrosas fiestas, habremos perdido de vista al fin el Paraíso, y el ánimo, ligero, hinchará las velas. No sé si uno será capaz de llevar una nueva vida. Tampoco es necesario. A uno le gusta la vida tal como es, en lo que tiene de común y cotidiano, y en las fiestas es precisamente lo primero que se sacrifica, lo común y corriente. Lo decía Pessoa: «Si no hubiese tierra en el cielo, más valdría que no hubiese cielo». El paraíso lo han cerrado de nuevo hasta el año que viene. Has logrado sobrevivir a tanta felicidad, a tanta alegría. Bienvenido, pues, de nuevo a la vida corriente.
Maravilloso silencio
Tal vez el único lugar de la tierra donde un hombre moderno pueda ser enteramente feliz todavía es en un tren, montado en un tren, solo, sin hablar con nadie, mirando por la ventanilla paisajes sucesivos, pensando sin pensar en nada, que es como mejor se piensa, en esa monotonía lluviosa de los rebaños que pastan y las ciudades que se pierden para siempre.
