Paulo Coelho


La Bruja de Portobello

Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelabro, para que los que entren vean el resplandor.

LUCAS, 11, 33

Antes de que todas estas declaraciones saliesen de mi mesa de trabajo para seguir el destino que yo había determinado para ellas, pensé en convertirlas en un libro tradicional, en el que se cuenta una historia real después de una exhaustiva investigación.

Empecé a leer una serie de biografías que pudiesen ayudarme a escribirlo, y entendí una cosa: la opinión del autor respecto al personaje principal acaba influyendo en el resultado de las investigaciones. Como mi intención no era exactamente decir lo que pienso sino mostrar cómo vieron la historia de la «bruja de Portobello» sus principales personajes, acabé abandonando la idea del libro; pensé que era mejor limitarme a transcribir lo que me habían contado

Capítulo Primero

Heron Ryan, cuarenta y cuatro años, periodista

Nadie enciende una lámpara para esconderla detrás de la puerta: el objetivo de la luz es dar más luz, abrir los ojos, mostrar las maravillas a su alrededor.

Nadie ofrece en sacrificio lo más importante que posee: el amor.

Nadie pone sus sueños en manos de aquellos que pueden destruirlos.

Excepto Athena.

Mucho tiempo después de su muerte, su antigua maestra me pidió que la acompañase hasta la ciudad de Prestopans, en Escocia. Allí, aprovechando una ley feudal que fue abolida al mes siguiente, la ciudad concedió el perdón oficial a ochenta y una personas -y a sus gatos- ejecutadas por practicar la brujería entre los siglos XVI y XVII.

Según la portavoz oficial de los Barones de Prestoungrange y Dolphinstoun, «la mayoría habían sido condenados sin ninguna prueba concreta, basándose solamente en los testigos de la acusación, que declaraban sentir la presencia de espíritus malignos».



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