
Nosotras, las mujeres, cuando le buscamos un sentido a nuestra vida, o el camino del conocimiento, siempre nos identificamos con uno de los cuatro arquetipos clásicos.
La Virgen (y no hablo de sexualidad) es aquella cuya búsqueda se da a través de la independencia completa, y todo lo que aprende es fruto de su capacidad para afrontar sola los desafíos.
La Mártir descubre en el dolor, en la entrega y en el sufrimiento una manera de conocerse a sí misma.
La Santa encuentra en el amor sin límites, en la capacidad de dar sin pedir nada a cambio, la verdadera razón de su vida.
Finalmente, la Bruja busca el placer completo e ilimitado, justificando así su existencia.
Athena fue las cuatro al mismo tiempo, aunque generalmente debemos escoger sólo una de estas tradiciones femeninas.
Claro que podemos justificar su comportamiento alegando que todos los que entran en estado de trance o de éxtasis pierden el contacto con la realidad. Eso es falso: el mundo físico y el mundo espiritual son lo mismo. Podemos divisar lo Divino en cada mota de polvo, pero eso no nos impide limpiarlo con una esponja mojada. Lo divino no desaparece, sino que se transforma en la superficie limpia.
Athena debería haber tenido más cuidado. Al reflexionar sobre la vida y la muerte de mi discípula, descubro que sería mejor que cambiase un poco mi manera de actuar.
Capítulo Cuarto
Lella Zainab, sesenta y cuatro años, numeróloga
¿Athena? ¡Qué nombre tan interesante! Vamos a ver… tu número Máximo es el nueve. Optimista, social, capaz de hacerse notar en medio de una multitud. La gente se acerca a ella en busca de comprensión, compasión, generosidad, y precisamente por eso tiene que estar muy atenta, porque la tendencia a la popularidad puede subírsele a la cabeza y acabar perdiendo más de lo que gana. También debe tener cuidado con la lengua, pues tiende a hablar más que lo que aconseja el buen juicio.
