
Malena se soltó llorando, se cubrió la cara con el pañuelo y salió rápidamente del cubículo de Maldonado. El jefe de la oficina suspiró, se sentó junto al teléfono y compuso él mismo el número.
– ¿Ruth? Llegué hoy temprano de Monterrey en el primer vuelo. Tuve que irme directamente a un desayuno político. Perdona que hasta ahora te avise que llegué bien. ¿Tú estás bien, amor?
– Sí. ¿A qué horas nos vemos?
– Tengo una comida a las dos. Luego recuerda que vamos a cenar a casa de los Rossetti.
– Cuántas comidas.
– Te prometo ponerme a dieta la semana entrante.
– No te preocupes. Nunca engordarás. Eres demasiado nervioso.
– Paso a cambiarme como a las ocho. Por favor, está lista.
– No voy a ir a la cena, Félix.
– ¿Por qué?
– Porque va a estar allí Sara Klein.
– ¿Quién te dijo?
– Ah, ¿es un secreto? Angélica Rossetti, cuando nadamos juntas hoy en la mañana en el Deportivo.
– Me acabo de enterar en el desayuno. Además, hace doce años que no la veo.
– Escoge. Te quedas conmigo en casa o vas a ver a tu gran amor.
– Ruth, Rossetti es el secretario privado del Director General, ¿recuerdas? -Adiós.
Se quedó con la bocina hueca en la mano. Apretó un timbre del aparato sin colgarla y oyó la voz de Malena en la extensión.
– …creo que sí, alguna vez lo vi, lo recuerdo vagamente, pero la mera verdad no sé quién es, señor licenciado, si usted quisiera pasar a ver, me pide expedientes reservados, se comporta como si fuera el dueño de la oficina, si usted quisiera… Maldonado colgó, salió al vestíbulo y miró fijamente a la secretaria. Malena se llevó una mano a la boca y colgó el teléfono. Maldonado se acercó, plantó los puños sobre la funda de la máquina de escribir y dijo en voz muy baja:
– ¿Quién soy, señorita?
– El jefe, señor…
– No, ¿cómo me llamo?
– Este… el señor licenciado.
– ¿El señor licenciado qué?
