
– Se bajaron sin pagar -le dijo Félix al chofer con un absurdo rubor por meterse en lo que no le importaba.
– Yo no les pedí que se subieran -contestó el taxista.
– ¿Piensa cobrarse con los libros? -insistió Félix.
– Usted me oyó: les pedí que no se subieran -dijo de manera terminante el taxista.
– Eso no es cierto -dijo con escándalo Félix-, usted quería que se subieran, los que protestamos fuimos la señorita enfermera y yo…
– Me llamo Licha y trabajo en el Hospital de Jesús -dijo la enfermera tamborileando con un dedo sobre el hombro del chofer y descendió frente al Hotel Reforma.
Félix tomó nota mental pero la gorda le dio un nuevo canastazo en la cabeza y le dijo usted es el culpable, no se haga el inocente, no ponga cara de menso, si nomás se hubiera corrido tantito, pero no, cómo iba a correrse si lo que quería era tentarles las posaderas a todas las viejas al subirse y al bajarse, conozco a los léperos como este individuo. Lo acusó de matarle a sus pollitos pero Félix no le hizo caso. Había pollos muertos en el piso y sobre los asientos y algunos embarrados contra los vidrios y libros regados, abiertos y pisoteados, con huella negras de zapato sobre las huellas negras de la tinta.
– Me van a multar a mí, señor -dijo el chofer-. Así no se vale.
– Aquí tiene mi tarjeta -dijo Félix, entregándosela al chofer.
Bajó en Insurgentes y miró al taxi alejarse con la gorda asomando la cara y el puño por la ventanilla, amenazándole como la estatua de Cuauhtémoc parecía amenazar a la ciudad vencida con su lanza en alto. Llegó a la puerta del Hilton y el portero lo saludó llevándose la mano a la visera del gorro militar azul polvo como su uniforme. Le entregó a Félix las llaves del Chevrolet y Félix le dio un billete de cincuenta pesos. La silueta recortada en cartón del viejo señor Hilton pedía detrás de la puerta de cristales, Sea mi huésped.
