Colleen Mccullough


La canción de Troya

Título original: The song of Troy

Traducción: Josefina Guerrero

Para mi hermano Carl, que falleció en Creta cuando rescataba a unas mujeres del mar

Para un joven, yacer en la lid por el bronce aguzado está bien: todo es bello lo suyo, a pesar de la muerte.

HOMERO, Ilíada, 22, 73



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CAPITULO UNO

NARRADO POR PRÍAMO

Nunca hubo una ciudad como Troya. Al joven sacerdote Calcante, enviado a la Tebas egipcia durante su noviciado, apenas le impresionaron las pirámides construidas en la orilla occidental del río de la Vida. Y Troya le parecía aún más sobrecogedora, por su majestuosa altura y porque sus construcciones albergaban a seres vivos en lugar de muertos. Pero alegó como circunstancia atenuante que los dioses de los egipcios eran inferiores. Los egipcios habían levantado sus piedras con manos mortales mientras que las poderosas murallas de Troya las habían erigido nuestros propios dioses. Y añadió que tampoco podría competir con ella la vulgar Babilonia, cuya altura se ve atrofiada por el cieno del río y cuyas murallas parecen obra de niños.

Nadie recuerda cuándo fueron construidas nuestras murallas, tan antiguas son, aunque todos conocen su historia. Dárdano, hijo de Zeus, rey de nuestros dioses, tomó posesión de la península rectangular situada en la cima de Asia Menor, en cuya zona norte vierte el Ponto Euxino sus aguas en el mar Egeo por el estrecho del Helesponto.



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