Mientras subíamos a lo alto de un collado al abrigo del viento y del alcance de la vista, nuestro padre se quedó en el sendero para aguardar a los sacerdotes porque aquél era el primer día del sacrificio. A veces, las pobres criaturas se habían visto obligadas a aguardar muchas jornadas soportando sus áureas cadenas y durmiendo en el suelo, y sólo algunos jóvenes sacerdotes muy asustados les llevaban alimentos.

El sol ya había salido cuando apareció a la vista la comitiva procedente del santuario de Poseidón, constructor de murallas. En primer lugar marchaban las llorosas jovencitas empujadas por los sacerdotes, quienes entonaban sus cánticos rituales y golpeaban tambores con apagados sones. A continuación sujetaron las cadenas a unas estacas clavadas en el suelo a la sombra de un olmo y se escabulleron con toda la rapidez que su dignidad les permitía. Mi padre subió corriendo al collado hasta nuestro escondrijo y nos instalamos en la extensa pradera.

Durante un rato observé ociosamente, pues no esperaba que sucediera nada hasta mediodía. De pronto el joven Telamón salió de su refugio y corrió hacia donde se encontraban las muchachas agachadas tirando de sus grilletes. Oí que mi padre murmuraba algo acerca del descaro de los griegos mientras el joven abrazaba a mi hermanastra y recostaba su cabeza en su moreno y desnudo pecho. Hesíone era una hermosa jovencita que atraía la atención de muchos hombres, ¡pero aquel muchacho era un insensato al aventurarse a correr a su lado cuando podía aparecer en cualquier momento el león! Me pregunté si Telamón habría actuado con autorización de Heracles.

Hesíone se aferró con desesperación a sus brazos y entonces él inclinó la cabeza para susurrarle algo al oído y la besó larga y apasionadamente como a hombre alguno se le había permitido en la corta vida de mi hermana.



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