Arturo Pérez-Reverte


La Carta Esférica

I. EL LOTE 307

He navegado por océanos y bibliotecas.

Hermann Melville.

“Moby Dick”


Podríamos llamarlo Ismael, pero en realidad se llamaba Coy. Lo encontré en el penúltimo acto de esta historia, cuando estaba a punto de convertirse en otro náufrago de los que flotan sobre un ataúd mientras el ballenero “Raquel” busca hijos perdidos. Para entonces llevaba ya algún tiempo a la deriva, incluida la tarde en que acudió a la casa de subastas Claymore, en Barcelona, con la intención de pasar el rato. Tenía muy poco dinero en el bolsillo, y en el cuarto de una pensión próxima a las Ramblas, unos cuantos libros, un sextante y un título de primer piloto que la dirección general de la Marina Mercante había suspendido por dos años hacía cuatro meses, después que el “Isla Negra”, un portacontenedores de cuarenta mil toneladas, embarrancase en el océano Índico, a las 4,20 de la madrugada y durante su cuarto de guardia.

A Coy le gustaban las subastas de objetos navales, aunque por esa época no pudiera permitirse pujar. Pero Claymore, situada en un primer piso de la calle Consell de Cent, contaba con aire acondicionado, servían una copa al terminar, y la chica encargada de la recepción tenía piernas largas y bonita sonrisa. En cuanto a los objetos de la subasta, le gustaba mirarlos e imaginar los naufragios que habían ido llevándolos de aquí para allá hasta varar en la última playa. Durante toda la sesión, sentado con las manos en los bolsillos de su chaqueta de paño azul oscuro,

permanecía atento a quiénes se llevaban sus favoritos. A menudo el pasatiempo resultaba decepcionante:

una magnífica escafandra de buzo, cuyo cobre abollado y lleno de cicatrices gloriosas hacía pensar en naufragios y bancos de esponjas y películas de Negulesco, con calamares gigantes y con Sofía Loren saliendo del agua moldeada bajo la blusa húmeda, fue adquirida por un anticuario a quien ni siquiera tembló el pulso al levantar el cartón con su número.



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