
– Estoy cansado -reconoció, sosteniendo la mano de Sarah con sus frágiles dedos-. A mi edad no puedo esperar encontrarme mejor. Hace años que el cuerpo no me responde. Solo me queda el cerebro. -Que mantenía completamente lúcido.
Sarah advirtió que tenía la mirada apagada. Normalmente había una chispa en ella, pero como una lámpara que va perdiendo intensidad, se dio cuenta de que algo había cambiado. Lamentaba no poder encontrar la forma de sacarlo de casa para que le diera el aire, porque exceptuando las visitas al hospital en la ambulancia, Stanley llevaba años sin salir de casa. El ático de la calle Scott se había convertido en el útero donde estaba condenado a terminar sus días.
– Siéntate -le dijo al fin-. Tienes buen aspecto, Sarah. Tú siempre lo tienes. -Le parecía tan fresca y llena de vida, tan guapa, ahí de pie, alta, joven y esbelta-. Me alegro mucho de verte -añadió en un tono más ferviente de lo habitual, y Sarah notó una punzada en el corazón.
– Yo también. Hace dos semanas que quería venir, pero estaba muy ocupada -se disculpó.
– Tienes pinta de haber estado fuera. ¿De dónde has sacado ese bronceado? -Stanley se dijo que estaba más bonita que nunca.
– He pasado algunos fines de semana en Tahoe. Es un lugar muy agradable. -Sarah sonrió mientras tomaba asiento en la incómoda butaca y dejaba la cartera en el suelo.
– Yo nunca salía de la ciudad los fines de semana, y tampoco hacía vacaciones. Creo que he ido de vacaciones dos veces en mi vida, una a un rancho en Wyoming y la otra a México. Y detesté las dos. Lo viví como una pérdida de tiempo. No podía dejar de pensar en lo que podía estar ocurriendo en mi oficina y lo que me estaba perdiendo.
Sarah se lo imaginó removiéndose en su asiento a la espera de noticias de su oficina y regresando a casa antes de lo previsto.
