Las peleas de la habitación contigua empezaban rutinariamente entre las diez y las once de la noche, más o menos a la misma hora en la que Lisbeth se metía en la cama con un libro que versaba sobre los misterios de las matemáticas. Pero aquello no podía definirse como malos tratos graves. Por lo que Lisbeth pudo percibir a través de la pared, no hacían más que retomar diariamente la misma interminable y machacona discusión. La noche anterior Lisbeth no había podido resistir la tentación y se asomó para averiguar, a través de la puerta abierta del balcón de la pareja, de qué iba todo aquello. Durante más de una hora, el hombre deambuló por la habitación reconociendo que era un cabrón que no la merecía y repitiendo sin parar que ella seguramente pensaba que él era un falso. En todas las ocasiones ella le respondía que no e intentaba tranquilizarlo. El hombre siguió insistiendo, de manera cada vez más intensa, hasta que la zarandeó. Al final, ella le contestó lo que él quería oír: «sí, eres un falso». Aquella provocada confesión le sirvió como pretexto para atacarla y meterse con su vida y su forma de ser. La llamó puta, una palabra en contra de la cual Lisbeth Salander, sin dudarlo ni un momento, habría tomado medidas si la acusación se hubiera dirigido a ella. Sin embargo, ése no era el caso; no era su problema, de modo que le costó decidir si debería actuar o no.

Asombrada, Lisbeth se quedó escuchando las insistentes y obstinadas palabras del hombre que, de repente, se transformaron en algo que sonó como una bofetada. Ya se había decidido a salir al pasillo del hotel para derribar la puerta vecina con una patada cuando se hizo el silencio en la habitación.

Ahora, al contemplar a la mujer junto a la piscina, notó un ligero moratón en el hombro y un arañazo en la cadera, pero ningún daño llamativo.



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