
Cuando yo tenía diez años, nombraron a mi padre taotai, gobernador, de una pequeña ciudad llamada Wuhu, en la provincia de Anhwei. Conservo buenos recuerdos de aquella época, aunque Wuhu podía considerarse un lugar terrible. En los meses estivales, la temperatura superaba los cuarenta grados de día y de noche. Otros gobernadores contrataban coolies para abanicar a sus hijos, pero mis padres no podían permitírselo. Cada mañana mi esterilla de bambú amanecía empapada de sudor.
– ¡Has mojado la cama! -me importunaba mi hermano.
Sin embargo, de niña me encantaba Wuhu. El lago era parte del gran río Yangtsé, que recorre China esculpiendo gargantas, escarpados roquedales y valles tupidos de helechos y plantas herbáceas. Desciende hasta un llano radiante, amplio y ricamente irrigado, donde crecen las verduras, el arroz y los mosquitos. Fluye hasta alcanzar el mar del Este de China en Shangai. Wuhu significa «lago de exuberante crecimiento de plantas».
Nuestra casa, la mansión del gobernador, tenía un tejado de tejas de cerámica grises, y en las cuatro esquinas del alero, se alzaban figuras de los dioses. Cada mañana caminaba hasta el lago para lavarme la cara y cepillarme el cabello. Me reflejaba en el agua como en un espejo. Bebíamos y nos bañábamos en el río. Jugaba con mis hermanos y vecinos en los lustrosos lomos de los búfalos. Saltábamos como peces y como ranas. Los largos cañaverales eran nuestro escondrijo favorito. Comíamos los corazones de unas dulces plantas de agua llamadas chiao-pai.
Por la tarde, cuando el calor se hacía insoportable, organizaba a los niños para que me ayudaran a enfriar la casa. Mi hermana y mi hermano llenaban cubos de agua, yo los subía hasta el tejado y vertía el agua sobre las tejas. Al rato volvíamos al lago, por el que pasaban balsas de bambú P’ieh. Bajaban por el río como un gigantesco collar suelto. Mis amigos y yo saltábamos a las balsas para dar un paseo y cantábamos canciones con los balseros. Mi favorita era «Wuhu es un lugar maravilloso». Al ponerse el sol, mi madre nos llamaba para que regresáramos a casa. La cena estaba en la mesa del patio bajo un cenador de glicina malva.
