Con su peso, el cuerpo, presto a caer hacia la derecha o hacia la izquierda, encontraba aún vida. Chen no podía soltar el puñal. A través del arma, de su brazo extendido y de su hombro dolorido, se establecía una comunicación, toda angustia, entre el cuerpo y él, hasta el fondo de su pecho, hasta su corazón convulso, única cosa que se movía en la estancia. Permanecía en absoluto inmóvil; la sangre que continuaba brotando de su brazo le parecía ser la del hombre acostado. Sin que nada exterior sobreviniese, tuvo la certidumbre de que aquel hombre estaba muerto. Respiraba apenas, y continuaba manteniéndose de costado, en la luz inmóvil y turbia, en la soledad de la habitación. Nada indicaba que hubiera habido lucha; ni siquiera el desgarrón de la muselina, que parecía dividida en dos: allí no había más que silencio y una embriaguez abrumadora en la que él zozobraba, separado del mundo de los vivos, aferrado a su arma. Sus dedos se apretaban cada vez más; pero los músculos del brazo se aflojaban, y el brazo entero comenzó a temblar como una cuerda. Aquello no era miedo; era un espanto, a la vez atroz y solemne, que no había vuelto a conocer desde su infancia: estaba solo con la muerte, solo en un lugar sin hombres, muellemente aplastado, a la vez, por el horror y por el placer de la sangre.

Consiguió abrir la mano. El cuerpo se inclinó suavemente sobre el vientre. Quedando sesgado el mango del puñal, una mancha oscura comenzó a extenderse sobre la sábana y creció, como un ser vivo. Y, a su lado, creciendo como ella, apareció la sombra de dos orejas puntiagudas.

La puerta estaba próxima; el balcón, más alejado; pero era del balcón de donde venía la sombra. Aunque Chen no creía en los genios, estaba paralizado, incapacitado de darse vuelta. Se sobresaltó: un maullido. Medio repuesto, se atrevió a mirar. Era un gato de los tejados, que con patas silenciosas entraba por la ventana, los ojos fijos en él. Una rabia furiosa sacudía a Chen, a medida que avanzaba la sombra, no contra el animal mismo, sino contra esa presencia; nada vivo debía deslizarse en la hosca región donde estaba arrojado: aquello que lo había visto empuñar aquel cuchillo, lo imposibilitaba de volver entre los hombres. Abrió la navaja y dio un paso hacia adelante. El animal huyó por el balcón. Chen lo persiguió. Se encontró, de pronto, frente a Shanghai.



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