Se salvó de una condena seria negociando una sentencia de treinta días de cárcel por un delito menor. La noticia salió en primera plana, y Slone la siguió hasta el menor detalle. A Robbie, ansioso -cómo no- de publicidad, le preocupó más la mala prensa que ir a la cárcel. El colegio de abogados de su estado hizo pública una reconvención y lo suspendió noventa días del ejercicio de su profesión. Era su tercer rifirrafe con el comité de ética, y se prometió que no sería el último. Su segunda esposa acabó marchándose con un buen cheque.

Su vida era tan caótica y escandalosa como su personalidad, en conflicto constante consigo mismo y con su entorno, pero nunca aburrida. A sus espaldas se le llamaba a menudo «Robbie Flake»,

En 1998, Slone quedó traumatizado por el crimen más sonado de su historia. Una alumna de último curso de instituto, Nicole Yarber, desapareció a los diecisiete años y no volvió a ser vista viva ni muerta. Durante dos semanas, la ciudad quedó en suspenso, mientras miles de voluntarios peinaban callejones, campos, zanjas y edificios abandonados. La búsqueda fue en vano.

Nicole era una chica popular, una alumna con buenas calificaciones, miembro de los clubes habituales y asidua al oficio religioso dominical de la Primera Iglesia Baptista, en cuyo coro juvenil cantaba a veces. Sin embargo, su máximo logro era ser animadora en el instituto de Slone. En último curso la habían nombrado capitana del equipo, tal vez el puesto más envidiado de todo el colegio, al menos para las chicas. Salía de modo intermitente con un chico, un jugador de fútbol americano que tenía grandes sueños pero un talento limitado. La noche de su desaparición acababa de hablar por el móvil con su madre, y le había prometido llegar a casa antes de las doce. Era un viernes de principios de diciembre. Los Slone Warriors no tenían más partidos por delante, y la vida había vuelto a la normalidad. Más tarde, la madre de Nicole declaró -y el registro telefónico así lo confirmó- que ella y Nicole hablaban como mínimo seis veces al día por el móvil. También se mandaban un promedio de cuatro mensajes de texto. Siempre estaban en contacto, y la idea de que Nicole se escapara sin decirle nada a su madre era inconcebible.



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