
Había una silla vacía. El hombre la miró, esperanzado.
– ¿Me permite?
– Claro que sí -respondió ella.
El se sentó con precaución, como si tuviera que estudiar todos los movimientos.
– ¿Está el pastor? -preguntó, mirando la gran puerta cerrada de la izquierda.
– Sí, pero está reunido.
Era una mujer menuda, de pecho prominente, y llevaba un jersey ceñido. De cintura para abajo la tapaba la mesa. El siempre había preferido a las menudas. Guapa, de grandes ojos azules, pómulos marcados… Una chica mona y saludable, perfecta como mujercita del pastor.
Hacía tanto tiempo que no tocaba a una mujer…
– Necesito ver al reverendo Schroeder-dijo juntando devotamente las manos-. Ayer fui a la iglesia, oí su sermón y… necesito que me orienten, vaya.
– Hoy está muy ocupado -repuso ella con una sonrisa.
Unos dientes francamente bonitos.
– Estoy en una situación comprometida -reveló él.
Dana llevaba bastante tiempo casada con Keith Schroeder para saber que, con cita previa o sin ella, nadie había tenido que irse nunca del despacho con las manos vacías. Además, la mañana de aquel lunes estaba siendo glacial, y Keith tampoco estaba tan ocupado: hacer unas cuantas llamadas por teléfono, atender a una pareja joven que al final había decidido no casarse -en eso estaba, justamente-, y luego visitar hospitales, como siempre. Rebuscó un poco por la mesa hasta que encontró el sencillo formulario que buscaba.
– Bueno, tomaré nota de algunos datos básicos y a ver qué podemos hacer.
Tenía el bolígrafo a punto.
– Gracias -dijo él con una ligera reverencia.
– ¿Nombre?
– Travis Boyette. -Se lo deletreó maquinalmente-. Fecha de nacimiento, 10 de octubre de 1963; lugar, Joplin, Missouri; edad, cuarenta y cuatro. Solo, divorciado, sin hijos. Dirección, ninguna. Lugar de trabajo, ninguno. Perspectivas, ninguna.
