Él cogió el café y le dio las gracias. Dana volvió a su sitio, con la mesa entre ambos.

– ¿Es usted luterano? -preguntó, tomando otra vez el bolígrafo.

– Lo dudo. La verdad es que no soy nada. Nunca he visto la necesidad de pertenecer a una Iglesia.

– Pero ayer estuvo aquí. ¿Por qué?

Boyette cogió la taza con las dos manos y se la acercó a la barbilla, como un ratón que mordisqueara algo. Si tardaba diez segundos en responder a una simple pregunta sobre café, el tema de las creencias religiosas podía llevarle toda una hora. Bebió un sorbo y se pasó la lengua por los labios.

– ¿Cuánto tiempo cree que tardaré en poder ver al reverendo? -inquirió finalmente.

«Demasiado», pensó Dana, que ya no veía el momento de endosarle aquel asunto a su marido. Echó un vistazo al reloj de la pared.

– Estará al caer -dijo.

– ¿Sería posible que esperásemos sentados en silencio? -preguntó él con toda la educación del mundo.

Una vez asimilado el desaire, Dana decidió rápidamente que el silencio no era mala idea. Después se le reavivó la curiosidad.

– Sí, claro; solo una pregunta más. -Miró el cuestionario como si realmente necesitase una pregunta más-. ¿Cuánto tiempo ha estado en la cárcel?

– Media vida -dijo Boyette sin vacilar, dando la impresión de que se lo preguntaban cinco veces al día.

Dana escribió algo. Después se concentró en el teclado del ordenador y empezó a teclear, como si de pronto se le hubiera presentado un asunto urgente. En su correo electrónico para Keith ponía: «Aquí tengo a un ex presidiario que dice que necesita verte. Hasta entonces no se irá. Parece agradable. Se está tomando un café. Ve acortando. Si no se irá».



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